15.9.06

 

En el nuevo despacho de Gallardón

 

15-09-06



CANELA FINA

En el nuevo despacho de Gallardón


LUIS MARIA ANSON

Esperanza Aguirre ha llamado, con dos tacones, a Delia Piccirilli para transmitir a la decoradora mi deseo de ver el nuevo despacho de Gallardón en el Palacio de Comunicaciones. He agradecido mucho a la presidenta su amable gestión. No sabía yo que era tan amiga de la Piccirilli. Me parecen más inteligentes Isabel Gallego y Lucía Figar. También Isabel Martínez Cubells. El caso es que el alcalde no conoce su nuevo despacho. Le preparan la sorpresa para la primavera tras la victoria electoral. Alicia Moreno, con su proverbial diligencia, ha encargado a la Piccirilli la decoración del despacho gallardónico.

Así es que ayer me trasladé al Palacio de Comunicaciones, nuevo Ayuntamiento ya, en la plaza de Cibeles. Me deslumbró la suntuosidad faraónica de la obra que se está realizando. Ni Umbral ni Raúl del Pozo tienen pluma para describir tanta maravilla: mármoles, jaspes, bronces dorados, maderas preciosas, panes de oro, columnas dóricas, jónicas, corintias y toscanas se mezclan con los lapislázulis tan queridos por Alfonso Ussía y las brillantes gemas, amén las altivas cornucopias, las sedas orientales tapizando las paredes y cortinas de terciopelo rojo, algunas con la hoz y el martillo que la Piccirilli bordó ayer.

En la planta noble del espectacular edificio de merengue y rosa está el despacho del alcalde, con vistas a Cibeles, al soberbio Banco de España y al Palacio de Buenavista, entre el fulgor de las palomas y el tráfico incesante. Madrid rugirá así a los pies de Gallardón. El despacho es ciertamente muy original. La Piccirilli le ha encargado el mobiliario de avanzada vanguardia a Imano Noguchi. La combinación de metacrilato y cristal deslumbra, si bien alguna figurita de Lladró, que le regaló a Gallardón una antigua novia de Fefé, fatiga el esplendor japonés. Lo más sobresaliente, con todo, de la imaginativa aportación de la Piccirilli no son las palabras luminosas que cuelgan del techo, a modo de lámparas, sino la decoración de las paredes, empapeladas todas ellas airosamente con portadas del diario El País. Excepcionalmente aparecen en un rincón dos canelas mías dedicadas a Alberti. Es la única salvedad, debida sin duda a la intervención personal de Alicia Moreno, que yo agradezco con emoción. Sobre el sillón del regidor, la Piccirilli ha colgado un gran cuadro, regalo de Pepe Rubianes y Mario Gas. Es un mapa de la Península Ibérica e islas adyacentes. Figuran en él seis naciones independientes -Canarias, Baleares, Cataluña, Galicia, Euskal Herria y Al-Andalus- y se califica al resto como País Español, en el que se encuadran, vacilantes, lo que queda de las antiguas autonomías. El despacho está adornado con tres retratos: Pi Margall, Azaña y Negrín. Son obras de buena factura, enriquecidas con marcos de Macarrón, dorados y envejecidos. Azaña está que se sale, por cierto. En lugar del tradicional crucifijo del despacho de la plaza de la Villa, la Piccirilli colocó una escultura en bronce de Lenin arengando al proletariado, pero a Alicia Moreno le pareció inadecuado el entusiasmo de su colaboradora y ha encargado una bonita escultura de Jesús de Polanco para que ocupe el lugar. Santiago de Santiago aspira a ser el artista al que encomienden la obra.

Salí, naturalmente, impresionado del Palacio de Comunicaciones ante tanta belleza y tantos aciertos. El día era cálido y el tráfico agobiante. La negritud dominaba la plaza, aunque algunas lolitas españolas -ombligueras, claro es, y doradas al sol- competían con la inmigración avasalladora. Me dicen, por cierto, que cuando el alcalde se entere del despacho que le preparan puede barrer la decoración de las paredes, la escultura polanquista, los muebles Noguchi y hasta las dos canelitas de Anson. Que sobre gustos no hay nada escrito y la lluvia de votos está al caer, que la Piccirilli no se entera, y hay mucha, mucha gente de centro derecha en este Madrid de nuestros pecados, palabras y obras, que puede hacer la cabronada de quedarse en casa en lugar de acudir, diligente, a votar a Gallardón.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

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