30.11.06

 

AL ABORDAJE Los delincuentes DAVID GISTAU

 

30-11-06



AL ABORDAJE

Los delincuentes


DAVID GISTAU

Como Cruella de Ville, Rosa Regàs va a hacerse un abrigo. Pero no con la piel de unos dálmatas. Sino con la de todos esos funcionarios «delincuentes» a los que se la tiene jurada desde ayer -«¡Lo pagarán!», dijo en el Congreso- por criticar su gestión en la Biblioteca Nacional. Tantos son, y tan bien argumentados, que al camafeo de la gauche-divine se le va a antojar que proteger su pesebre de intelectuala orgánica purgando la Biblioteca es más difícil que perseguir mosquitos con una pantufla en la mano por las estancias de esa masía de abuela de verano que le alquilaron a fondo perdido los programadores de la televisión pública.

Para entonces, Regàs ya había renunciado al proyecto de exilio que la tentó durante el aznarismo. Cuando le acongojaba un supuesto recorte de libertades -¿no sería un recorte de prebendas?- inconcebible en su democracia modelo, la cubana. Donde, por cierto, ya ha sido cumplido su sueño de que todo crítico es declarado delincuente y, por tanto, es legítimo hasta encarcelarlo. Quién pudiera, ¿eh? Pero cómo iba a irse. Cómo iba a emigrar a cualquier otro lugar en el que a lo mejor hasta tendría que haberse puesto a vivir de ese talento que con su mala leche genial ha diseccionado el portentoso Rafael Reig en El cultural, justo cuando aquí llegaban los suyos y se podía sacar tajada en la cultura oficial. En el reparto de cargos, premios y conferencias con que los alineados se van pasando los unos a los otros la diadema de reina por un día y el capitalito con que pagarse la masía mientras condenan a vagar por la terra incognita de los mapas culturales a cualquiera que no pertenezca a su endogamia. A cualquiera que pretenda existir más allá de los fuegos de campamento del poder.

Sin el menor complejo, sin consentir una sola grieta de tolerancia o de reconocimiento a lo ajeno, esta ley sectaria es la que Rosa Regàs ha aplicado en la Biblioteca Nacional. Que se ha convertido en una catapulta de dogmas y prejuicios políticos, en el salón de una précieuse que reparte salvoconductos literarios y despilfarra en beneficio de lo que Santiago Segura llamaría «los amiguetes», en un engendro cargado de ideología donde sólo encuentran refugio y promoción los asuntos y los artistas aprobados por el Régimen. Es de lo que siempre ha vivido Rosa Regás.

Es con lo que siempre ha sabido colocarse. Y ay de quienes se lo cuestionen, que ésos lo pagarán. Y me apuesto la cesta de Navidad que no me dan a que, antes incluso de llegar a esta línea, a la toleranta ya se le ha ido la mano al teléfono, que no sería la primera vez que persigue con una pantufla en la mano a los columnistas «soeces» a los que no acepta ni como daño colateral de esa libertad de expresión a la que asegura tener tanta devoción siempre que no la usen los otros.

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